Тихвинское кладбище (Cementerio Tijvin)

By Carlos Salvador, 4 julio, 2018

Los viajes sorprenden. Sorprenden porque uno sale de lo que conoce. Ingresa a un mundo nuevo donde uno mismo cambia. Uno deja de ser uno; pasa a ser otro. El otro, que no siempre vuelve, es una especie de uno mismo predispuesto a lo nuevo. Abierto y expectante. Absorbente. Con los sentidos agudizados. Olvidadizo y a la vez más memorioso. Los viajes nos cambian de manera inimaginable. Crean bifurcaciones en el alma. Nos dan más vida, otras vidas. Sin embargo no siempre es tan consciente el sentimiento de desapego de lo cotidiano. Creo que ahí reside el verdadero valor. Más aún cuando el objetivo del viaje es ver fútbol y uno termina haciendo otras cosas. Más aún cuando el viaje tiene planes para uno, mejor dicho, para el otro.

Aquel día recibí un mensaje inesperado. Hacía unos días pensaba qué hacer en San Petersburgo y entre todos mis planes no había cabida para visitar el cementerio. El mensaje era una propuesta, una invitación. Pero lo tomé como un deber. No podía irme de la ciudad sin visitar su necrópolis.

San Petersburgo nace como una necesidad. Una puerta al mar, a Europa y al arte. Recorrí su calle principal en búsqueda del cementerio. Al cabo de un tiempo de hermosos paisajes llegué a mi destino. Una muralla dividía el reino de los vivos y de los muertos. Un portal conectaba ambos mundos. Como siempre, o casi siempre, antes de pasar por el limbo respiré profundamente y cerré mis ojos con fuerza. Soñé con colores, sentí una brisa dulce en mi cara y escuché pájaros extraños y cuervos. Pensé que de nuestros sentidos sólo podemos controlar la vista y el gusto sin usar nuestras manos. Abrí los ojos y vi un pasaje. Caminé a paso lento sobre el empedrado camino. Llegué a una boletería antigua. Una señora mayor esperaba cansada. Pagué la entrada y la mujer me entregó un mapa junto a un boleto que guardé en mi bolsillo. Miré el plano. Entendí que a cada lado del pasaje había diferentes tumbas. De un lado estaban los grandes maestros del arte y del otro lado las personalidades del siglo XVIII. Opté por entrar primero al lado de los artistas.

La primer tumba fue la Fiódor Dostoievski. Estaba casi solo. Esperé unos minutos para estar completamente solo con él. Lo miré, nos miramos en cierta manera. Sentí que mi cuerpo se estremeció intensamente. Tanto como ahora cuando relato lo vivido. Miré los ojos tallados y su larga barba. Recorrí la tumba. Caminé a su alrrededor si dejar de mirarla. Mi piel era una antena y mi alma convertía todo en sentimiento. No pude contener la emoción y sin pensarlo abracé un árbol cercano. Sentí que sus raíces me contectaban con Fiódor. El abrazo fue intenso y perdí la noción del tiempo. Hacía calor, mis brazos desnudos apretaban la corteza hasta el dolor. Mis ojos cerrados vieron la noche que no existe en el verano del norte. La fuerza me aplastaba con placer. Sentí lo que que nunca había sentido.

Fue complicado seguir. Abrir los ojos, encandilarse y continuar. Más artistas me esperaban. Miré nuevamente el plano del hermoso parque. Un parque cuidado y espacioso. El césped perfecto, trabajado con amor. Flores por doquier llamaban a las más bellas mariposas. Pájaros extraños y coloridos se paseaban con placer. Paradójicamente había más vida que muerte. Llegué a Tchaikovsky y me senté. Lo miré detenidamente. Dos ángeles lo protegían de lo innecesario. Le agradecí a mi manera mientras un abuelo se acercaba. Tenía ambas manos ocupadas. La izquierda señalaba el busto del artista y la derecha guiaba a su nieto. Un pequeño con un violín en la espalda. Intenté ser parte sin serlo. Intenté en vano entender su conversación. No hacía falta. ¿Acaso existe algo más bello que compartir un placer con alguien de la propia familia? Los miré hasta el punto de la incomodidad. Se dieron cuenta de mis ganas de ser parte. Con una sonrisa nerviosa me fui. Recorrí todo el parque. Pasé por Borodin y algunos otros. No conocía a muchos más, era mutuo. Me detuve un par de veces a contemplar el arte de las tumbas. Caminé con parsimonia hasta el cansancio.

Salí nuevamente al pasaje empedrado. Las puertas de entrada y salida estaban enfrentadas. Miré el mapa a modo de presagio e ingresé al otro lado. El lado de la necrópolis del siglo XVIII. Donde están científicos, matemáticos, políticos, abogados, personalidades sociales y algún arquitecto. El lugar estaba apretado, los pasillos asfixiantes, las tumbas descuidadas. Caminé por los senderos sin poder prestar mucha atención. No había flores y la muerte abundaba. Nada era verde, predominaba el gris. Los árboles eran escasos y tristes. En vez de mariposas vi cuervos. No duré mucho, no pude aguantar el agobio. Lo recorrí como quien quiere cumplir e irse. Intenté en vano encontrar un oasis entre tanta sequía y salí nuevamente al pasaje.

Caminé cabizbajo hasta la salida. Crucé el arco y volví a la vida. El sol apretaba y no podía dejar de pensar. Sentí físicamente lo mismo en ambas necrópolis. Pero con diferente significado. Con cada paso noté lo inevitable. Di cuenta de la diferencia. San Petersburgo es coherente hasta en el cementerio. Si bien plantea el recuerdo eterno de su antepasados, deja en claro qué es lo importante, deja en claro que sin arte no se puede vivir.

2 Comments

  1. Patricia soto dice:

    Bellisimo relato, sentido, profundo. Me conmueve el reconocimiento del arte en un mundo y un momento histórico tan sometido a lo tecnológico…Bravo Carlitos! Lo tuyo, sin duda, es un aporte impotante en este tema…chapeau!!!! Cariños!!!

  2. El Losval dice:

    Como siempre, bellísimo. Gracias, viejo.

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