A propósito de lo vivido, suframos.

By Carlos Salvador, 5 octubre, 2017

Aún sigo intentando digerir todo lo he/hemos vivido este fin de semana y los días posteriores. Siendo alguien visitante que se siente en casa, no encuentro muchas respuestas y sí muchas preguntas. Es una situación sofocante y abrumadora. Pero no creo en la negativa, no creo que siempre sea algo malo. Si pensamos un poco, con la mente fría, la filosofía se basa en eso, no habrá respuestas si no hay preguntas. La filosofía es preguntar. Por lo menos estamos en el camino correcto.

Creo en las casualidades, creo en bajar un día al mercado del barrio y visitar la tienda de libros. No fui yo quien agarró puntualmente ese, fue ella. En su bolsa subió “La caverna” de Saramago. Más tarde sentados en los sillones, inflando los pulmones por el ejercicio de la cotidiana escalera, me dijo que me gustaría leer a Saramago. Asentí como hago siempre, tengo el sí fácil. Pero inmediatamente pensé en el documental “José y Pili” y el sí anterior, tibio, se convirtió en promesa. No sé si lo notó.

Terminé el libro que me habían prestado y lo devolví. Soy de los que devuelve en vez de dar vida a los libros. Recordé la promesa y fui a la pequeña biblioteca que estamos creando. Busqué entre los lomos inquietos con ganas de ser acariciados. Lo lamento muchachos, José me espera.

Abrí el libro la semana pasada, justo antes del referéndum. Leí la dedicatoria de Saramago: A Pilar. Pensé en el amor. Al dar vuelta la página leí lo siguiente:

Qué extraña escena describes y qué extraños
prisioneros, Son iguales a nosotros.

Platón, República, Libro VII.

En un principio todo siguió su cauce normal. Claro, el libro debe tener algo que ver con el Mito de la caverna de Platón, pensé mientras recordaba el mito. Comencé a leer y esa es otra historia.

Los días siguieron y la gente votó. Otros defendieron lo indefendible. La ensalada de iguales salió a la calle y la ley decantó con la lluvia del domingo. Manos en alto y otras que caían más fuerte que las gotas.

No pude seguir leyendo. No he podido seguir la historia de Cipriano Algor y el futuro de su alfarería. Algo me detiene, mi mente no deja de pensar en este momento y en la caverna, en el mito y en Platón. Volví a leer el mito, escrito en el siglo IV a.C. Pensé en las personas que lo han leído.

Vivimos en una caverna, dentro de una caverna y me da miedo pensar en cuántas más. Nos duele salir de cada una. Nos molesta ver la verdad y por, sobre todo, el proceso de asimilación. No es fácil darnos cuenta de que lo que pensamos no es lo único y que no siempre tenemos razón. Casi nunca la tenemos, por no decir nunca.

Como siempre el trabajo está hecho y desde hace mucho tiempo. Hoy, más a mano que nunca, tenemos la facilidad de encontrar todo. La historia se repite a menos que lo sepamos. La única libertad reside en el conocimiento. Salgamos de la caverna. Leamos más, escuchemos más. Me gustaría que sufriésemos, que abramos los ojos y que nos duelan. Que sigamos, que soportemos ese dolor. Que miremos una sombra de un árbol y que lentamente miremos el árbol. Que lo toquemos, que olamos su fruto y lo mordamos. Sentir el aire puro y el agua y los reflejos. Que nos incandile el sol. Y si aun así nos duele, que sigamos explorando. Estoy seguro que será mejor eso que seguir en la caverna.

Lo que sí, no sabremos cuál será la última. Pero da igual lo importante es no olvidar de dónde venimos e intentar sacar a más gente, probablemente a nosotros también nos rescaten. Nos va a doler, pero si de algo estoy convencido es de que será un mundo mejor. Sin cavernas, banderas ni fronteras.

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