363/365 – Un día largo.

By Carlos Salvador, 19 marzo, 2017

Era un día normal. Podría haber sido cualquier otro. Al final, los días no tienen la culpa de ser o no nefastos. Además, no siempre depende de uno cómo empiezan y terminan.

Ernesto desayunó a las apuradas, tomó un baño sin placer y la corrió a la parada de bondi para no perder el 64. Ese día un accidente en el micro haría el paseo más largo. Por suerte no hubo víctimas graves y el mismo bondi llevó a los heridos leves hasta el hospital más cercano. Desde ahí, Ernesto, continuó a pie hasta la universidad, pensando que eso no era lo peor.

En el camino, notó que alguien lo saludaba desde otro micro. Era su amigo del barrio, el Diego. Le hacía señas extrañas y estaba exaltado. Ernesto saludó y continuó su camino a la casa de estudios. No quería, pero debía seguir. Como suele pasar en las universidades, el día se tranquilizó un poco. Sentado en un pupitre al fondo, pensaba en otras cosas, en la clase de batería que tocaba luego y en que más tarde debería volver a tomar un bondi.

Salió de la universidad y por suerte no hubo exabruptos en el viaje en micro. Llegó al lugar donde era la clase de batería y estaba repleto de gente. Habló con amigos sobre lo mismo de siempre. La monotonía lo cansaba, pero no como para dejar de aprender a tocar el instrumento. La gente puede ser más aburrida que la música.

A la noche, después de un largo día, llegó de nuevo a la parada del hospital de esa mañana. Era tarde y tenía hambre. A su lado había una mujer sola y un tipo que fumaba. En eso la mina se levantó del asiento y cayó sin resistencia. Comenzó a convulsionar en el suelo y los dos extraños se miraron atónitos. Era el primer episodio de epilepsia que Ernesto veía en vivo. De un salto ambos ayudaron gritando por un médico que no tardó en llegar.

El 64 asomó sin prisa y el cansancio era evidente. La caminata, acelerada por la inercia del vehículo en movimiento, parecía dar vida al personaje que desfallecía lentamente. Al bajarse, cerca de su casa se encontró con el Diego, el amigo que iba en el bondi esa mañana y que saludaba exaltado. Al verse se abrazaron y el Diego comenzó a reír.

¿Qué te pasa boludo? – Dijo Ernesto cansado.

Nada, aún tenés la hoja de plátano en la cabeza. Te la vi esta mañana y te hice señas para que te la sacaras.

Ernesto pensó en todo lo que había pasado ese día. Lo que menos le importaba era tener una hoja de plátano en la cabeza, aún así, odiaba a todos por no haberle avisado. Para eso están los verdaderos amigos.

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