361/365 – Paseo oeste.

By Carlos Salvador, 17 marzo, 2017

El bondi venía vacío y el silencio era espantoso. Sólo el rugir del antiguo motor rompía con la nada misma. Ernesto estaba en ese momento paranoico donde no quería tocar con sus manos absolutamente nada de carácter público. Miraba puntillosamente cada centímetro del metal pelado que servía para agarrarse y no caer al suelo. La mirada continuaba por el piso y los pensamientos eran similares o peores.

A veces, como ese día, cabeceaba el vidrio reiteradamente. Su cuerpo cansado no podía sostener una cabeza que bailaba como esos juguetes que se pusieron de moda y que todo el mundo los ponía en la luneta trasera de los autos. Generalmente eran tigres o felinos en general. El paisaje no ayudaba a despertar y a veces los pestañeos era largos y pesados. Cada tanto intentaba refregarse la cara con sus manos pero se detenía al recordar la suciedad que lo envolvía.

En un momento irrecordable ganó el sueño y no supo cuánto durmió. Al despertar, sobresaltado por un volantazo, vio a su alrededor un panorama diferente. Parecía que el bondi iba terminando el recorrido y lo hacía por la otra mano. Frunció el ceño y miró que el chofer estaba del otro lado, como si fuese inglés. Era todo igual pero alrevés. Se levantó de su asiento y le preguntó al conductor si quedaba mucho para llegar a Coronel Plaza. El tipo lo miró y le dijo que recién habían pasado. Ernesto se bajó del micro y caminó por la alameda. Miró un surtidor de agua y como pudo se lavó las manos. Usó un banco para descansar el cuerpo y pensar mejor. Tomó el cuaderno de su mochila y agarró su lapicera. Al intentar escribir con su mano hábil, la derecha, notó que no podía hacerlo bien. Cambió de mano la birome y con la izquierda pudo escribir como siempre.

Se detuvo el tiempo un instante y releyó las ideas que tenía escritas en su cuaderno. Eran diferentes, aún con sentido y coherencia, pero inversas. Al nuevo Ernesto le gustó el cambio, siempre le atrajo la idea de pegarle a la pelota con la zurda. Se rascó la cabeza mientras pensaba si el otro Ernesto también soñaba pegarle con la derecha.

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