358/365 – Las palabras justas.

By Carlos Salvador, 14 marzo, 2017

El cerdo se despertó al oír al gallo. No era de dormir mucho, sólo lo justo y necesario. En su periplo cotidiano caminaba hasta beber agua. Nadie lo sabía pero miraba su reflejo antes de destruirlo con su hocico. Era el único momento del día en que veía su realidad animal. Media vuelta y el sacudón mañanero.

Correr y dar un salto. Pararse en sus dos patas traseras y caminar lentamente. Agarrar los pantalones y los calzoncillos. Apoyar la pezuña en al pared y vestirse. Las medias y los zapatos de cuero. La camisa impoluta y la corbata italiana. El saco francés a la moda. La máscara de humano y salir caminando.

En la puerta de su casa su chofer lo espera. Un saludo con sonrisa de cera. Sentarse en la parte trasera de un auto de lujo que no ha pagado. Abrir un maletín lleno de papeles sin orden  ni sentido. Un viaje donde la realidad no importa. Los vidrios oscuros no dejan ver a nadie.

Llegar, esperar que abran la puerta. Caminar los únicos metros de realidad. Escuchar insultos y hacer lo mismo de siempre, nada. Subir la larga escalinata y entrar al congreso. Presidir, firmar y ensuciar. Llenar los bolsillos y salir.

Volver al chiquero. Desnudar su verdad y el disfraz. No hay lágrimas ni reproches. La oscuridad no deja ver su reflejo en el agua. El cerdo suspira, prefiere ser cerdo. Un animal que intenta ser humano, siempre tratará a los humanos como animales.

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