357/365 – Años de oficio.

By Carlos Salvador, 13 marzo, 2017

El cartero dejó el bolso en el suelo y miró su reloj. Insultó en silencio. Hacía tres días que había dejado de funcionar el aparato y la desidia era peor que la demora. Pensaba que si se quitaba la máquina de la muñeca, nunca la arreglaría. Comprendió que daba igual el tiempo que estuviera roto, algún día volvería a funcionar y para el reloj, nada habría pasado. Sentiría una muñeca más arrugada y un cuerpo lento. Las siestas de los relojes nos matan.

Caminó cuesta abajo. Tenía un paquete para los italianos del final de la calle. Los dejaba siempre al final del reparto para subir sin el peso del trabajo. Ellos se quejaban con una sonrisa, gritos y manos bailarinas. Él se reía sin demostrarlo. Al principio pedía perdón, pero los años cansaron las disculpas y las quejas. Eran amigos.

El trabajo terminaba cuando debía. El cuerpo sólo podía pedalear hasta el bar donde nos veíamos. Durante un tiempo hablamos banalidades. Un día me contó algo que nunca olvidaré. Él había sido compañero de la vida de Aníbal, el hijo de doña Rosa. Me dijo que eran como hermanos, presentí que probablemente eran más que eso. Compartieron la historias y anhelos, hasta que uno falleció en la capital. Hacía años que vivía allá. Doña Rosa era viuda y no tenía a nadie más. Le tocó a él darle la noticia. Ese día dejó para el final la carta. Los italianos no se enojaron.

Al terminar la vuelta, se acercó a la casa de Aníbal. Petrificado esperó el momento justo inexistente. Daba igual cuando fuera, debía ser. Tocó timbre y la señora lo atendió feliz, hacía mucho que no pasaba por ahí. Le preguntó si sabía algo de Aníbal y la respuesta fue positiva. Aguantando las lágrimas le entregó la carta y se marchó.

A las pocas semanas volvió a verla con otra carta escrita con el mismo puño y letra que la anterior. En ella Aníbal confirmaba que iba a dar la vuelta al mundo y que estaría afuera mucho tiempo. Doña Rosa no pudo esconder su pena y la alegría. Sabía que era el sueño de su hijo. Agradeció a su amigo, el cartero. Le dio un abrazo único lleno del amor que una madre le da a los más que hermanos de un hijo.

One Comment

  1. El Losval dice:

    Muy bonito, Carlos. Me encantó.

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