356/365 – Grazie mille.

By Carlos Salvador, 12 marzo, 2017

Escribo desde el último lugar diferente a Barcelona. Comienzo a despedirme. La cuenta regresiva empieza cuando nacemos, pero cuando nos quedan menos de diez escritos para terminar, las cosas cambian. He tenido la suerte de enfrentarme al problema de escribir en muchas ciudades, pero la mayoría de las veces lo he hecho en Barcelona.

Mañana estaré en casa y extrañaré al amigo de Alberto, un viejo con manos extrañas y cara fruncida por el sol. Al vernos nos preguntó si esperábamos a Alberto, el chico que nos alquilaba el departamento. Le dijimos que sí y nos comentó que llegaría subito. El tiempo pasó y el subito se convirtió en una hermosa espera al sol. Mientras tanto un cachorro se acercó con locura. El viejo metió su mano en al bolsillo y sacó un caramelo para perros. Se lo dio y el animal quedó encantado.

Alberto nunca llegó, nunca lo conocimos. El viejo lo llamó y nos dijo que vendría el padre. A los pocos minutos subíamos las escaleras que serían similares a las del Duomo. En el trayecto, el padre no podía respirar del ejercicio. Nos comentó que una vez, al llegar arriba del todo, se había olvidado las llaves. Había sido horrible tener que bajar y volver a subir. Entramos al lugar y se despidió cordialmente. Dejamos nuestras cosas y nos tiramos en la cama a descansar. A los pocos minutos tocaron la puerta. Era el padre de Alberto que nos avisaba que se había vuelto a equivocar de llave. Pobre, sudaba y no podía emitir palabras.

A la tarde vimos arte dentro de lugares y fuera. Señores que el mundo les cambió la vida y han decidido cambiar la vida de los niños. Pizza y pasta. Tram y bicicletas. Moda y pobreza. Café y risas. Somos más italianos de lo que pensamos.

A la noche la caminata por los círculos de la ciudad acompañados por Paolo y Gisella. Aperitivos y quilombo. Helados y locura. Me animé a probar el pistacchio y el chocolate blanco. No me arrepiento. Soy un conservador del dulce de leche y del limón. Pero hay que animarse a más.

Caminar de noche por Milán y ver la sociedad noctámbula. El Duomo iluminado y volver a casa. Subir las escaleras eternas. Mirar por la claraboya. Ver la luna. Saber que esto se termina, pero que, como el departamento, seguro puede ser ocupado por otros.

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