352/365 – Adentro.

By Carlos Salvador, 8 marzo, 2017

Luis entró tranquilo a casa. No esperaba nada especial, no quería otra situación más que la soledad. Dejó las llaves en un clavo salido que hacía años había prometido arreglar. Sacó sus zapatos y los dejó al lado de la puerta. No le gustaba la idea de dejar entrar la basura de la calle en su casa. Caminó hasta el baño. Siempre le hacía gracia la sensación de mearse cada vez más a medida que se acercaba al inodoro. Como si el pis tuviera un imán positivo y el retrete uno negativo.

Por suerte todo cambia en el refugio. La música, las pausas, la luz, la comida, los descansos, los detalles, la desnudez y la desfachatez. La posibilidad de no hacer. Abrió la heladera con una leve nostalgia, pensaba en su madre. Nada le apetecía. Daba igual, de hambre no iba a morir, por el trabajo, quizás sí.

Abrió la botella de vino. Esa que tanto le costó encontrar. No porque fuera difícil, sino porque para saber que ese vino cumplía con todos los requisitos de lo cotidiano, hace falta tomar mucho vino. Obviamente tenía otros para los festejos, pero como cada día eran menos, seguía tomando siempre el mismo.

Se sentó en el sillón y llenó la copa. Dejó el vino en el suelo y levantó sus pies. Estiró la mano y pulsó el botón. Amadeus acompañaba todo el ritual siempre, por lo menos al principio. Acercó la copa a su boca y olió el vino. Inmediatamente bebió con los ojos cerrados y una imagen se apareció en sus párpados como un flash enceguecedor. Un pequeño espasmo lo levantó del sillón y le hizo tirar un poco de vino. Por suerte la botella estaba al costado. ¿Acaso era la imagen de Martín?

Martín era un vecino que vivía enfrente de su casa. La casa de sus viejos. Era más pequeño, unos diez años menor. Había estudiado música en Viena. No sabía nada de su vida. Si había vuelto o no. Si seguía con la música. Daba igual, quizás era el estrés el culpable de todo.

Acercó la copa a sus labios e inevitablemente cerró los ojos. Martín volvió a sus párpados. Como un fantasma. Como si quisiera decirle algo. Esta vez no hubo sobresalto. La intención era entender qué pasaba. Se miraron. Intentaron hablar sin sentido. Martín le mostró sus zapatos. Hizo la mímica de sacarlos. Luis asintió con la mirada. Martín se quitó los zapatos y comenzó a caminar lentamente hacia un Luis que no podía abrir los ojos. Cada vez estaba más cerca. La luz era cada vez mayor, al punto de la ceguera. Martín entró en Luis.

Con el último sobresalto y desparramo de vino, Luis abrió los ojos. Excitado exhalaba e inhalaba. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido eso? Mozart ayudaba a relajar las tensiones, pero faltaba vino. Llenó de nuevo la copa y volvió a sentarse. Antes de acercar la copa a sus labios, pensó en Martín. Desde ese momento no puede sacarlo de su cabeza. Siente que ronda eternamente en su interior. Por lo menos, Luis, sabe que en su suelo interno, no hay basura de afuera.

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