351/365 – Todos los días.

By Carlos Salvador, 7 marzo, 2017

Se levantó temprano como cada día, excepto los domingos. El reloj interno funcionaba a la perfección. Sabía qué día debía despertar y cuál no. Caminó el pasillo de la casa arrastrando los pies. Una de pantuflas estaba rota. El dedo gordo del pie derecho tocaba el frío piso de vez en cuando. No le molestaba y pensaba que era una manera de ir despertando paso a paso.

Abría la ducha mientras levantaba la taza del inodoro. Miraba si estaba su toalla colgada. No había nada peor que entrar a la lluvia potable y darse cuenta de que no había cómo secarse. Antes de meterse a la ducha, antes de que el espejo se empañara del todo, miraba sus ojos de frente. Luego inclinaba su cabeza hacia delante y con los dedos índices, estiraba sus párpados inferiores para ver la base de los ojos. No sabía bien por qué lo hacía. Era más una costumbre que una referencia. Nunca se planteaba qué haría si los viera amarillos, por ejemplo.

El agua terminaba de despertarlo. Comenzaba la mañana. Salía otro ser humano del baño. Ágil y con ganas. Desayunaba y tomaba sus pastillas. Leía el periódico y pensaba en personas queridas. No siempre eran las mismas. Abría la ventana y la puerta del baño para poder mirarse en el espejo mientras lavaba sus dientes. Controlaba que todo esté en su sitio, las luces apagadas y las hornallas cerradas. Agarraba las llaves de la moto y de la casa. El casco estaba en la moto. El último suspiro antes de salir y cerrar la puerta.

El camino era el de siempre. Hubo un tiempo que cambiaba calles para conocer nuevos edificios. Ya no le importaba. Prefería un minuto más para disfrutar el café y lograr conseguir una galleta de chocolate que sólo tenían los primeros en llegar a la oficina. Nunca le dijeron porqué ponían tan pocas y sólo a la mañana.

Subió la moto a la vereda del edificio donde todos los días dejaba la vida. No sabía la razón, pero no había un sólo lugar libre. Dobló a la derecha sobre la misma acera y llegó casi hasta la esquina. No podía creer la cantidad de motos que habían estacionadas. Normalmente había muchas, unas cuarenta, esta vez, había el doble. Pudo dejar la moto y se bajó con miedo. No estaba seguro si podía o no aparcar ahí. En eso otra moto se estaciona a su lado.

¿Podremos estacionar acá? – Dijo nuestro personaje.

Claro que no. Todos estamos mal estacionados. – Contestaron con prisa.

Hacía más de diez años que dejaba la moto mal estacionada y nunca lo había sabido. Levantó la mirada y vio a un policía caminar con una tranquilidad absoluta, llevaba un café en la mano. Recordó las galletas de chocolate. De camino a la puerta del trabajo, miró todas las motos que, como la suya, estaban mal estacionadas. Supo que no iba a pasar nada, como ayer, como mañana. Un segundo suspiro lo sorprendió, generalmente no pasaba. Pensó que, lamentablemente, si todos estamos equivocados, todos estamos bien.

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