345/365 – La cuenta por favor.

By Carlos Salvador, 1 marzo, 2017

El restaurante estaba lleno de gente. La cara de los camareros era el vívido ejemplo de que todo se puede hacer con una sonrisa. El dueño del lugar sonreía de verdad. Los cocineros estaban atestados de trabajo. De vez en cuando uno levantaba la cabeza y veía que la gente no paraba de entrar. Siempre había alguien esperando para sentarse. Era un sin fin de barrigas vacías.

En la mesa circular del medio había varios grupos al mismo tiempo. Era una mesa que reservaban para los cumpleaños, pero cuando no había reservas y el lugar explotaba, la ocupaban quienes se animaban a compartir. Varias veces los comensales la elegían con la intención de conocer gente nueva.

Alrededor de la mesa central hay mesas cuadradas para cuatro personas. Entran ocho y hasta doce muy apretadas. Los camareros se quejaban cuando ponían las doce mesas. Era imposible caminar entre los respaldos de las sillas y los transeúntes que entraban, salían e iban al baño. Esa noche había doce mesas y don Julio, el dueño, se hacía un nudo para meter más mesas y sillas.

Evaristo estaba en una de esas. Recién le habían servido el plato principal y, como era muy correcto, primero dobló su servilleta y la puso en su pantalón. Miró que todos en su mesa tuvieran la comida servida. Deseó un buen provecho, en especial a Helena, su futura mujer, e hincó el tenedor en la ensalada. Al levantar su brazo para introducir el utensilio en su boca, Juan Carlos, el camarero más gordo del establecimiento, pasaba por detrás de su silla. Ricardo, un señor mayor que estaba sentado, respaldo con respaldo con la silla de Evaristo, se levantó sin avisar porque su comida había caído en su pantalón y, además de mancharlo, se estaba quemando vivo. El golpe repentino desequilibró al camarero y él y sus 115 kilos cayeron sobre el pequeño Evaristo. El tenedor se clavó en su garganta y traspasó hasta la nuca.

El griterío no se hizo esperar. Helena, al ver la sangre saliendo como una fuente, se desmayó de inmediato sobre su plato de comida. Había pedido una sopa de verduras. La pobre mujer comenzó a ahogarse y nadie lo notaba. Evaristo gritaba con un sonido muy peculiar. Si bien sus cuerdas vocales no estaban comprometidas, la sangre lo comenzaba a atragantar. Él no era capaz de arrancar el tenedor y nadie se animaba a sacarlo.

Juan Carlos se levantó al rato. Estaba bañado en sangre y comenzó a gritar mientras se palpaba el cuerpo. Como un toro salvaje corrió al baño sin importar absolutamente nada. Los manteles volaban, los platos se estampaban en el sueño y la gente corría para todas partes. Rápidamente todos salieron del lugar como pudieron.

Don Julio, que estaba en el depósito buscando una mesa más, salió al escuchar los gritos. Miró su restaurante vacío, un joven muerto en el suelo y una muchacha con la cara metida en el plato de sopa, aún no sabía que también había perdido la vida. Concluyó que mucha gente se había ido sin pagar y que si disponía las mesas de manera distinta, quizás más gente podía comer al mismo tiempo.

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