344/365 – La última palabra la tiene ella.

By Carlos Salvador, 28 febrero, 2017

El hombre estaba sentado en el bar. Esperaba como siempre el café. La pierna derecha sobre la izquierda y el codo apoyado en la mesa. Una mesa pequeña, para uno. Miraba de reojo su sombrero. Estaba colgado arriba del perchero. Era un sombrero especial, había sido de su abuelo y por más que el tiempo pasara, seguía impecable. Cuando bajaba la vista parecía estar dormido. Los párpados caían y la edad no los podía retener. En parte, tampoco quería abrir muchos los ojos. La luz no siempre es agradable.

La puerta del lugar se abrió de par en par. Un enano entró con aires de grandeza. El hombre lo miró con sorpresa y pensó que era nuevo en el barrio. El susodicho se acercó hasta la mesa y se presentó.

Soy Julio. – Dijo mientras se sacaba el sombrero y mostraba su pelo despeinado.

¿Qué tal buen hombre? Soy Carlos. ¿Quiere acompañarme? – Contestó el hombre que ahora tiene nombre.

Será un placer caballero. – Dijo mientras limpiaba el sombrero con su antebrazo.

Al sentarse, la mesa comenzó a crecer. Los dos estaban cómodos y a gusto. La charla fluía con normalidad. Como si se hubiesen conocido de antes. Hablaron de sus vidas y del pasado. El enano no tenía en claro ciertos pasajes de su historia, pero poco a poco iba recordando.

Ambos dejaron las tazas en la mesa y un estruendo casi las tira al suelo. Un gigante entraba al bar y el suelo crujía a cada paso. El enano abrió los ojos. Carlos sonrió tranquilo y se levantó de su silla.

¡Jorge querido! ¡Tanto tiempo! – Dijo Carlos con los brazos abiertos.

¿Ca-Ca-Carlos, so-sos vos? Dijo el tartamudo gigante con la mirada perdida.

Sí maestro, soy yo. ¿Por qué no se sienta un momento? Me gustaría presentarle un amigo. – Dijo Carlos mientras le tomaba la enorme mano.

El gigante se sentó y la mesa se multiplicó. Cada vez era más grande. Los tres estaban cómodos y relajados. Hablando de viajes y de libros. El gigante, lento y perdido, escondía bajo sus hombros caídos una grandeza inigualable. Mayor aún que su tamaño.

Poco a poco fueron llegando más y más personas al bar. Harry fue el primero, un neoyorquino que día a día era más grande. Mientras detrás de la vidriera varios personajes anónimos pasaban con tranquilidad. Esperando el momento de entrar al bar.

Dentro del lugar, entre cafés, vinos y whiskys, comenzaron a escribir esta historia que recién empieza.

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