342/365 – La idea idiota.

By Carlos Salvador, 26 febrero, 2017

Recuerdo historias que no he vivido. Olvido situaciones vividas que otros recuerdan. Fui dos veces con mis amigos a la montaña en invierno. Ellos fueron tres en total. Las historias se mezclan y creo que fui tres veces, quizás cuatro.

El Martín había descubierto Nirvana y fue insoportable escuchar el Unplugged tantas veces. Creo que dejé de oír ese disco por un tiempo por culpa de él. Una noche, de una de las tres veces que, quizás, subimos, pusimos todos los colchones de la casa que habíamos alquilado en el living del lugar. Era más divertido dormir todos juntos y por sobre todo, era el lugar donde estaba la estufa. Jugamos horas a las cartas con varios mazos. Éramos muchos y elegimos jugar al “jodete”. Uno de los mazos tenía fotos porno y por lo menos era una caricia a la vista. Comenzamos a planificar estrategias y ya el juego se había desvirtuado completamente. El Diego en un arranque de ira tiró todas las cartas a la mierda y se fue a acostar. Ahí vimos que los colchones estaban llenos de arañas (quizás había solamente una) y nos volvimos locos. Ordenamos todo y pusimos los colchones en su lugar nuevamente.

Nadie tenía sueño. No sabíamos qué hacer y eso es lo peor que te puede pasar a esa edad. Intentamos meter el desodorante del Christian a la estufa de leña. No nos dejó y tiramos una pila. Nos fuimos corriendo afuera de la casa. Esperamos media hora con 15 grados bajo cero. Nunca explotó. Entonces decidimos bajar a un pueblo cercano. Eran un par de kilómetros caminando por un camino a la intemperie. Una especie de sendero perdido en el medio de la montaña. Nunca lo habíamos caminado, pero alguien sabía cómo hacerlo.

Comenzamos a caminar y el frío y la oscuridad nos abrazaron. El camino estaba nevado y en parte congelado. Nadie hablaba. Los tres de adelante tenían linternas. No entrábamos todos en línea. Entre la casa y el pueblo no había un alma. Montaña, piedras y nieve. No habían casas ni luces a la redonda. Tardamos bastante hasta llegar al lugar más muerto del mundo. Nos queríamos matar. Perdimos fuerzas insultando al anónimo que había propuesto el plan. Descansamos un poco y emprendimos la vuelta.

Nadie nunca supo qué pasó al volver. Veníamos a paso ligero, teníamos frío y miedo. Alguien escuchó un ruido y la paranoia nos ganó la pulseada. Uno de los chicos comenzó a correr, uno que tenía linterna. Todos lo seguimos. Si bien no era alta montaña, la altura se sentía. Gritamos y logramos que se parara. Nadie dijo nada y seguimos caminando un poco más. De nuevo la locura nos cegó y salimos corriendo. Esa estupidez se repitió varias veces hasta llegar a casa exhaustos. Abrimos la puerta y a dormir.

Al otro día bajamos al pueblo. Hicimos el mismo camino de tierra, piedras y nieve. Nos dimos cuenta de lo cerca que estuvimos de morir. El suelo era irregular en la mayor parte del camino y una caída nos partía la cabeza seguro. Unos subnormales. Sin pensar en la idiota idea de tirar un desodorante Axe al fuego.

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