336/365 – El viejo del barrio.

By Carlos Salvador, 20 febrero, 2017

Era mayor. Su cara parecía tallada en madera. Su piel dura y marrón contrastaba con sus pelos grises y su barba blanca. Había olvidado cómo sonreír y a pesar de eso, era feliz. Los niños tenían miedo al verlo. Él ya no quería acercarse a los pequeños. Aún pensaba que ellos salvarían al mundo y no los idiotas de sus padres.

Cotidianamente gente lo visitaba en su casa. Compartían mates y anécdotas. No tenía pelos en la lengua al contar su pasado de excesos y llenos de nostalgia. Algunos lo admiraban y otros no lo entendían, pero todo el barrio iba siempre a visitar al viejo. Él se reía internamente. Actuaba como loco y de vez en cuando se sorprendía de sí mismo. Por eso dejaba la puerta de su casa abierta. Además, le molestaba mucho devolver las pelotas de los prototipos de idiotas.

Ya casi no leía. No creía más que en su verdad y quería morir en la suya. No era tiempo para arrepentirse y menos para pedir perdón. Pensaba que la vida le debía una disculpa y sabía que eso nunca iba a llegar. Daba igual. Cada día todo le importaba menos. Cada día quería más a sus mascotas, a su jardín y a su mujer. El vino y algunos amigos.

Generalmente no soñaba. Si lo hacía, pocas veces recordaba lo sucedido. Imágenes borrosas se presentaban durante el día. Él con el ceño fruncido ya no reconocía si era un sueño o un recuerdo que quería escapar de su vida. Quizás otro, más joven, lo necesitaba. Era solidario con sus ideas y con los mates. Daba siempre. Esperaba poco.

Una mariposa posó su cuerpo en la flor de su jazmín. Pensó en Zhuangzi y el sueño del insecto. Recordó sus propios sueños. Nunca había querido ser mariposa. Nunca había querido ser otro hombre. Pero los sueños profundos, los recuerdos y su realidad, lo habían convertido en más que un hombre.

Esa noche leyó de nuevo. Soñó despierto. Apoyó el libro abierto en su pecho desnudo. Las letras cobraron vida y una a una fueron pasando a la piel arrugada. Como un papiro antiguo cada surco se fue llenando de infinitas permutaciones. El sueño profundo fue vertiginoso. La crisálida se envolvió en las sábanas. Al despertar su mujer, sólo encontró el capullo de tela y la puerta abierta, siempre abierta.

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