La culpa del viajero. – Carlos Moya

By Carlos Salvador, 7 octubre, 2016

De entre todas las películas de Miyazaki, considero a Porco Rosso la más particular, un capricho del director. Una película que apenas parece tratar de algo, pero en la cual Miyazaki se da el gusto de retratar todos sus temas preferidos. Marco es Porco Rosso, un cerdo antropomórfico que en su hidroplano rojo bucanea por la costa italiana evitando atracos y fechorías de los piratas del Adriático. Apenas trata de algo más la película, una riña personal de Marco con otro mercenario contratado y una historia de amor entre dos amigos que parecieran no tener mucho más que decirse y no hacen más que nadar en el recuerdo de viejos amigos (y esposos) ausentes, devorados por la guerra o por el mar. Es una trama simple, sin grandes pretensiones, pero con enormes subtextos: la edad de oro de la aviación italiana, el homenaje al cine clásico -Hay un bar que es un calco al de Casablanca, regentado por uno de los protagonistas, donde héroes y villanos conviven y disfrutan de la música en cuasi paz-, el ascenso del fascismo durante el periodo entre guerras – Preferible ser un cerdo que un fascista, dice Marco a un viejo amigo militar-, las familias separadas por la gran depresión y la migración masiva, las mujeres como tabú en la ingeniería y la mecánica entre otros temas. Sin embargo el más llamativo, sobretodo por su ausente explicación, es el hecho de que Marco sea un cerdo. Es el único ser fantástico en esta liviana ucronía. Y no es solo el hecho de que al funcionamiento del guión le daría exactamente lo mismo que fuera un humano normal, es el también que a todos los personajes también les da lo mismo que se vea como un cerdo. Sus enemigos, la policía secreta de Mussolini, las dos mujeres que enamora. A nadie parece importarle y apenas hacen mención del hecho. Al único que afecta el maleficio es al mismo Marco. Las pistas para resolver esto están en la misma película, claro. Marco es el único sobreviviente de su escuadra de aviadores durante la primer guerra mundial y estando al borde de la muerte tiene la febril visión en la que todos sus amigos parten a un enjambre de pilotos caídos y al cual no se le permite ingresar. Vive, y como consecuencia se prohíbe disfrutar tranquilamente de su vida. Se avergüenza de ser el único que puede seguir volando, amando, tomando vinos y escuchando cantar a Gina. Se siente asqueroso y se proyecta como tal. Vive saboreando la melancolía de su culposo existir.

Durante los pocos días que estuve viajando por Europa, visité y conocí gente que no era del continente. Gente que vivía o simplemente viajaba por unos días. De ellos escuché la más variadas expresiones sobre el no estar o sobre el viajar. “Estoy yendo más lejos de lo que mis viejos nunca viajaron y posiblemente nunca lo hagan, me hace sentir triste eso”; “no hay día que no me pregunte para qué elegí venir, podría haberme quedado”; “Cuando los abrazo para despedirlos en el aeropuerto me digo, loco, qué estás haciendo”; “Ahora que están acá hacen todas esas cosas de argentino que antes no te hacían ni en pedo”. Ninguno deja de hacer lo que hace por esos pensamientos, ninguno se retracta de seguir lejos o buscando ese intangible elemento brumoso, el inefable anhelo por el que alguien puede alejarse tanto y por tanto tiempo de su tierra o de los suyos. Algunos simplemente escapan, fútilmente, de un fantasma que debería haberse quedado miles de kilómetros atrás, pero que aún se revela presente en cada uno de sus actos. Todos dejan entrever al menos un hilo de entrañables ausencias, un atisbo de las reminiscencias de quienes dejaron atrás.

El avión ya recorre los primeros tramos del retorno a mi país, apenas va dejando la Italia continental detrás y el entramado de azules claros y leves con los azules profundos de sus aguas, se muestran en mi ventana. Una pequeña isla verde escapa de la paleta y me recuerdas a las que sobrevolaba Marco desde su rojo hidroplano. En algún lugar de Argentina, con varias horas de diferencia, mi hermano entra en su primer sesión de quimioterapia. Yo sigo mirando por la ventana y recuerdo esa hermosa canción francesa que canta Gina en ese aislado bar del Adriático, lleno de piratas, soldados, turistas y un cerdo que la observa con placer y culpa.

 

Escrito por Carlos “El Moya” Moya, el 7 de octubre de 2016. Me gusta mucho todo esto, mil gracias hermano.

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