Espiral. – Diego Bassi

By Carlos Salvador, 8 julio, 2016

Reseteé mi vida un par de veces. Cuando tuve que estudiar me fui a San Luis y en Mendoza dejé a mis mejores amigos y a mi familia. Cambié un cálido hogar con amor, auto y heladera llena por un departamento sin calefacción, ducha eléctrica de tiempo súper limitado, pequeño y una heladerita que me llegaba a la rodilla, fácil de llenar y de vaciar por igual esfuerzo. Durante más de diez años logré volver a construir el nido, conocí a nuevos amigos y hermanos, conecté con la familia lejana y conocí a la Maqui, compañera de amores y vida. Asentado nuevamente, con trabajo, departamento, pareja y obra social, retomé (esta vez: retomamos) el cambio, otra vez el todo por la nada.

Partimos de San Luis abandonando sin reflexión las personas que queríamos y tratando de olvidar lo que nos pesaba. Llegamos a un Rosario grande, ruidoso, acelerado, de edificios viejos y altos, de desayunos baratos y agenda cultural intensa. El cambio fue gradual, pero no menos violento. Es otra idiosincrasia en una región del país que nada tiene que ver con los cuyanos. Ésta es la pampa húmeda, todo gira en torno al campo, los cultivos, el comercio y el dólar. Entendí mejor algunas preocupaciones de la prensa porteña. Volví a aprender la geografía del país, resignificando a Córdoba y a Santa Fe más allá del cuarteto y el fernet, Los Palmeras y el río Paraná.

Como aquellos primeros días sólo en San Luis, estoy de nuevo en un punto del espiral donde podría volver a empezar siendo otro. El tamaño de la ciudad y la anomia, junto con ser un nuevito, te da cintura para dejar algunos karmas. Nadie te conoce, no saben la música qué te gusta, si jugás al fútbol, si sos militante o católico. No hay capital simbólico. No soy el que sabe de psicología ni el que sabe de instrumentos. Hay un nuevo Yo por construir frente a los nuevos otros. No hay nada por defender ni rutina que mantener. A eso se le suma que no tengo un objetivo académico que seguir, como lo hice desde que empecé jardincito. Foja cero, básicamente, puedo ser y hacer cualquier cosa.

 

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Mi vínculo con el Carlitos es atemporal y no lo oxida la distancia. Desde que dejamos de vernos cotidianamente al finalizar el colegio, cada encuentro mensual (luego trimestral, a veces anual) cuando volvía de San Luis, era como si no hubiera pasado el tiempo y las preguntas sólo se dirigían a qué hiciste ayer y qué hacemos esta noche. Hoy noto la conexión con un escrito suyo en el que reflexiona sobre la misma idea que a mí me viene rondando de un tiempo a esta parte: volver a inventarse en otro lugar. Sin embargo, me gusta entenderlo partir de otra idea que el Carlitos esboza de manera muy elocuente en sus ficciones: la espiralidad de la vida. Como le pasó a (spoiler alert) Malevo y a Lorenzo, en el bar de María; o al Carlos nuevo inquilino en un edificio donde tiene vecinos ruidosos; o el Carlos de la cuarta sección, que le abre la puerta a un extraño con una bolsa llena de llaves. En el final de esos relatos, el personaje se encuentra en un lugar donde ya estuvo, pero esta vez con otra mochila, con otros saberes. Aparece un nuevo sentido, es comprensión y reflexión, en un camino que parece que ya lo transitamos. Es ese punto final de la oración, el que le da sentido a la misma. Un punto del espiral análogo a otros anteriores, pero con la posibilidad de pensarlo de nuevo. Lo que aparece en estas ficciones como un recurso literario para rematar una historia, es una fatídica y hermosa característica de nuestras vidas.

El cambio, a mí, me sentó bien, como lo sentí hace más o menos diez años. Es un cúmulo de emociones, experiencias e ideas. De expectativas frustradas, de sorpresas gratas y revitalización enérgica del cuerpo. No es totalmente placentero, es un crisol de sensaciones y pensamientos dispares, todos juntos, todo el tiempo. Esta vez, me llegan con otra madurez, ni mejor ni peor. Hoy una resaca me dura tres días, no tengo tiempo para estudiar cosas que no tengo ganas, el aguinaldo sirve para invertir en la casa, el virtuosismo ochentero del jazz-rock me parece una pija y me emociono con una melo de Coltrane en ‘Round Midnight. Se conforman nuevos valores que permiten la reinvención. Hay una oportunidad y una repetición. Tal vez podría presentarme diciendo: “Hola, soy Salvador ¿Y vos?”.

 

Escrito por Diego Bassi un 8 de julio de 2016, muchas gracias hermano. Te quiero mucho.
(La foto la sacó alguno de los dos, el día que entramos a la Sagrada Familia, allá por diciembre de 2006).

5 Comments

  1. Oscar dice:

    Hermoso diálogo entre dos amigos. Me emociona leerlos. Un abrazo paternal para los dos.Oscar

  2. Marina G dice:

    Qué bien expresado Carlos!!!

  3. El Losval dice:

    Hermoso… cómo los quiero a los dos! <3

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